Un día despertó, y el ojo estaba ahí, en la pared. Al principio se mantenía cerrado, pero un día que volvió de comprar pan, lo encontró abierto. Su esclera era muy blanca, el color del iris era indescriptible y variable, según el día.
Luego empezó a moverse, siguiéndolo según dónde se moviera. Sintió que el ojo al mirarlo, lo juzgaba.
“Tal vez sabe la verdad. Pero no hay forma, en este lugar, nadie sabe lo que pasó”-pensó, tratando de calmarse.
Muchas veces trató de arrancarlo, sin éxito. No porque no pudiera, sino que al tratar de tocarlo se sentía algo gelatinoso, muy real. Antes ya había mirado por el otro lado de la pared, donde no había nada que indicara relación con el ojo.
Finalmente la culpa y la obsesión pasaron la cuenta. El ojo no dejaba de observarlo, día y noche, y no entendía de dónde venía ni la causa. Ya no pudo más, por lo que se armó de un cuchillo y furiosamente comenzó a atacarlo, partiéndolo y salpicando el humor vítreo y la sangre de sus vasos. Era increíble que lo que tanta tortura le había causado, resultara tan fácil de destruir.
Comenzó a reír escandalosamente. Pero paró abruptamente. A través de su mejilla corría un líquido caliente y viscoso, y un dolor agudo empezó en donde estaba su ojo. Donde debía estar, porque la locura hizo que se sacara el suyo.
Lo último que vio antes de desplomarse, era el ojo, que lo miraba.
Foto de Petri Heiskanen en Unsplash
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