Capítulo 1

El día estaba nublado, pero aún así, la sensación del viento contra mi cara se sentía agradable, como si se llevara conmigo mis pensamientos más oscuros.

Estaba absorta mirando las hojas rojas de un árbol, que caían poco a poco gracias al viento, cuando mi hermano me sacó de mi mundo.

–¡Laura, muévete, ahí viene el bus!–y tomándome del brazo me arrastró para que subiéramos y no quedáramos en la escalera de éste.

Durante el viaje me fue hablando emocionado de lo que esperaba hacer en el nuevo colegio, él siempre ha sido bueno jugando básquetbol, por lo que esperaba poder integrarse al equipo, aún cuando ya había partido el año escolar hace unos meses. Yo lo escuchaba atentamente, y me alegraba ver su entusiasmo, capaz de contagiarme y hacerme feliz por unos momentos. Creo que si no fuera por él, este último tiempo habría cavado un hoyo y me habría enterrado en él. Bueno, por él y por mamá, pero con mamá es distinto; ella es fuerte y no se ha quebrado ante nosotros, no obstante su mirada muestra todo el dolor que no es capaz de expresar con palabras, por tanto por ella he sacado las fuerzas para salir adelante. Pero mi hermano me lo ha hecho más fácil.

Llegamos a buena hora al colegio, aún habían pocos alumnos en los pasillos, así que no me sentí perdida en la marea de gente que hay habitualmente a la hora de entrada de clases. Con algunas referencias pudimos llegar a la oficina del director, donde la secretaria seria, pero amablemente, nos solicitó que lo esperáramos unos minutos.

Cinco minutos después salió el director a recibirnos, nos sonrió y con un gesto nos invitó a pasar a su oficina. Sentí su mirada de lástima hacia nosotros. Quise darme media vuelta y escapar de ese lugar, si todos me mirarían de esa forma no iba a ser capaz de soportar este último año de clases. Pero me contuve, mi parte racional estaba tomando nuevamente el control en mi cabeza y pudo mantenerme a raya.

–Señores Zambrano, como ya se imaginan, soy el director de este colegio, me llamo Carlos Almeida. Entiendo que este último tiempo ha sido difícil para ustedes, motivo por el cual se han cambiado a este lugar. Sepan que nuestro equipo de docentes y administrativos está con ustedes para lo que sea necesario, no duden en caso de algún problema o inquietud, confiar en nosotros…

Nos dio una pequeña charla sobre la importancia de comunicar nuestros problemas, recalcando que podíamos confiar en ellos. Luego nos hizo una pequeña descripción del colegio, momento en el cual mi mente ya se hallaba en Júpiter. Agradezco que no fuera algo muy extenso, luego de 20 minutos ya había concluido.

Para ese entonces ya había sonado el timbre que daba inicio a las clases, por lo que solicitó a un inspector que nos llevara a nuestras respectivas salas. La sala de mi hermano estaba en el primer piso, así que no demoramos en separarnos. La mía, en cambio, estaba en el cuarto piso.

Debo confesar que esa subida por las escaleras se me hizo eterna. Estaba ansiosa. Nunca he sido diestra en socializar con desconocidos, y tener que integrarme a un grupo ya cohesionado por los años, en este momento de mi vida, se hacía un suplicio chino.

Estaban en clases de matemáticas, el profesor era un hombre joven, y se notaba que ponía todo su esfuerzo en explicar de manera didáctica la materia. El punto es que menos de la mitad de la clase le estaba poniendo atención.

Cuando el inspector abrió la puerta, le solicitó al profesor que se acercara y le explicó que era la alumna nueva, dándole mis datos. El profesor me sonrió, invitándome a pasar frente al curso.

–Chicos, ella es Laura Zambrano, su nueva compañera. Llegó hace poco a la ciudad. por eso se está integrando ahora con ustedes. Espero sean amables con ella, y demuestren la buena educación que les brindamos en este colegio–luego dirigiéndose a mí–. Laura, pasa a sentarte al puesto desocupado que está al fondo.

Mientras me dirigía a mi puesto, sentí miles de miradas puestas en mi (bueno, no eran miles, pero se sentían como tal), algunas curiosas, otras algo burlonas. Traté de parecer indiferente y sin fijar la vista en nada específico hasta llegar a mi puesto. Luego todo continuó tal como estaba antes de entrar a la sala.

Tengo que haberme quedado dormida con los ojos abiertos, porque cuando sonó el timbre para el recreo, no reaccioné. De repente sentí una mano en mi hombro y salté asustada.

–Lo siento, no quise asustarte–me habló un compañero con expresión divertida–. Pero creo que no te has percatado que ya estamos en recreo. Mi nombre es Gonzalo y este de aquí es Damián–dijo señalando al compañero que estaba al lado–. Laura ¿cierto?

Yo sólo atiné a asentir estúpidamente, creo que aún estaba medio dormida.

–Parece que alguien está atrapada en otra dimensión–dijo Damián, riéndose.

Yo me puse algo roja y pedí disculpas. –Lo siento, esto de cambiarse de ciudad me tiene un poco agotada.

–Tranquila–dijo Gonzalo–Damián vive burlándose del resto. Si quieres, puedes acompañarnos al patio, podemos hacerte un pequeño tour, para que no te sientas perdida. Claro, siempre y cuando no tengas otros planes–dijo guiñándome un ojo.

Hace tiempo no me reía espontáneamente. Pensaba buscar a mi hermano durante el recreo, pero conociéndolo era bastante probable que se haya integrado a algún grupo de su curso, por lo que poder conversar con alguien tan fácilmente no era algo que debía desaprovechar, después de todo, como ya mencioné, no soy experta en hacer buenas migas con la gente.

–¿De verdad no les molesta hacer de mis guías?–pregunté.

–Ahora que lo pienso…–dijo Damián mirándome de reojo, luego de lo cual soltó una carcajada–. Claro que no, o sino, no nos habríamos acercado ¿no crees?

Parece que aún seguía algo estúpida. –Tienes razón–dije, y guardando mis cosas me puse de pie para seguirlos.

Me mostraron rápidamente las instalaciones del patio, y luego fuimos a la cafetería a comprar algo de comer. Cuando íbamos saliendo de ésta sonó el timbre que indicaba el regreso a clases, por lo que casi corriendo volvimos a la sala.

El resto de la jornada se pasó rápido, entre presentaciones con los docentes y algunos compañeros, tratando de conectarme a las materias que estaban pasando y compartiendo los recreos y almuerzo con Gonzalo y Damián, quienes hicieron muy agradable nuestros ratos libres. Gonzalo era el que más hablaba, tenía tema para todo y era muy ameno. Damián en cambio, era más callado, pero tenía un humor algo negro que me sacó varias sonrisas.

A la salida de clases busqué a mi hermano y partimos juntos a casa.

El olor a naranja y canela se sentía desde afuera de la casa. Cierto es que extrañaba mi casa, pero la casa de la abuela era un lugar tan acogedor, que era inevitable sentirse cómodo. Además, la abuela y su comida nos hacían sentir como en el cielo.

Supimos de inmediato que había preparado picarones, así que entramos haciendo competencia por quién llegaba primero.

–Tranquilos, hay suficiente para todos–nos dijo la abuela–. Vayan a lavarse las manos mientras les sirvo. No demoren para que coman calentito.

Y como si todo se hubiera confabulado, empezó a llover. Qué mejor que estar en casa con la estufa prendida, comiendo picarones mientras afuera llovía. Pese a que no lo esperaba, había resultado ser un buen día, esperaba que todo no se viniera abajo tan pronto, porque definitivamente las cosas no me salían bien por mucho tiempo.

Después de once, mamá quiso saber cómo había sido nuestro día, así que nos sentamos junto a ella en el sillón y estuvimos hablando hasta que dio la hora de ir a dormir.

Había vuelto a tener pesadillas. Veía a papá desangrándose, mientras no era capaz de moverme. El delincuente me miraba burlonamente mientras me decía que la próxima sería yo. Generalmente, después de tener estas pesadillas, despertaba muy agitada y cubierta de sudor, siendo incapaz de volver a conciliar el sueño.

Era por esto que a duras penas era capaz de concentrarme en lo que estaba explicando la profesora de física. La combinación sueño y materia densa a primera hora de la mañana me estaban jugando una muy mala pasada.

Por eso no noté cuando alguien se sentó junto a mí.

–Definitivamente vives en otro mundo–dijo Damián con una media sonrisa.

–Tuve una mala noche, muero de sueño–le dije, luego de saltar sorprendida al haber sido sacada de mi sopor.

–¿Pesadillas? Existen unos enchufes que emiten luz y sirven para espantar a los monstruos–dijo sonriendo aún.

–Mis monstruos no se irían ni con la luz del sol–le dije algo sombría. 

Me miró seriamente, como sopesando qué decir, pero finalmente decidió pararse y volver a su puesto.

No fue mi intención espantarlo, pero dudo que fuera capaz de entenderme.

Al sonar el timbre decidí levantarme y salir rápidamente de la sala, la verdad es que no tenía ánimo para hablar con alguien, por lo que fui a la biblioteca y pedí un libro para distraerme con algo.

Sí, soy un ratón de biblioteca, amo leer y escribir, por lo que una buena lectura suele mejorar mi ánimo y distraerme.

Me senté en una de las gradas que dan a la cancha de fútbol, y me centré en mi lectura.

De pronto sentí unas sombras sobre mí, y al levantar los ojos reconocí a unas compañeras.

–Hola Laura ¿qué haces?–dijo una de ellas.

¡Dios! ¿No era evidente? Tendría que reunir todas mis fuerzas para dar una respuesta civilizada. Lamentablemente mi ánimo no era el mejor, por lo que el esfuerzo sería supremo.

–Pues, leo este libro–les dije tratando de parecer lo más amigable posible.

–¡Oh! ¿Y no te aburre leer un libro tan grande? Siempre que nos hacen leer libros, le pago a un niño del otro curso para que me haga un resumen, no puedo durar más de dos páginas concentrada. Por cierto, me llamo Javiera. Ellas son Natalia, Lucía y Carla–lo dijo señalando a las tres niñas que la acompañaban, las cuales me saludaron con una seña al mencionarlas.

–Hola…–alcancé a decir.

–Por cierto, ayer te vimos durante todos los recreos con Gonzalo ¡No me digas que te gusta ya! Es el amor de Carla desde primero medio–dijo Javiera, interrumpiendo mi intento de saludo.

–La verdad es que es el amor de varias–agregó Lucía riendo.

–¡Cierto!–dijo Natalia–aún cuando le gusta ese rock tan estridente.

–¡Pero es que es tan lindo! Y se ve tan masculino cuando juega básquetbol–acotó Carla con los ojos brillantes.

–¿Te gustaría juntarte con nosotras? Eres linda. Seguro te haces popular y consigues un pololo–sonrió Javiera. 

Estaba a punto de responder que no entendía cuál era el beneficio de encontrar pololo o de juntarme con ellas, cuando fue interrumpida por Lucía.

–Creo que es un poco precipitado hablarle de pololos a Laura cuando recién llegó ayer al colegio. Además, la vi bastante entretenida leyendo su libro. Tal vez en otra oportunidad quiera reunirse con nosotras–mientras me guiñaba un ojo, tomó a sus compañeras del brazo y se las fue llevando–¡Nos vemos, Laura!

Sólo sonreí y le di las gracias mentalmente. 

Alcancé a escuchar que Javiera se quejaba de que no la dejaban hacer la buena acción del día, mientras Carla rezongaba ante el repentino interés de Javiera de hacerse amiga de alguien que parecía tan aburrido.

Luego volví a mi lectura, no quería dejar en suspenso las aventuras de los hobbits con Tom Bombadil. 

La última clase correspondía a educación física. El profesor nos había sacado a una plaza cercana al colegio y  había indicado que debíamos correr alrededor de ésta.

En eso estaba, muy concentrada recordando unas anécdotas de cuando era pequeña, cuando me encontré corriendo junto a Gonzalo.

–¿Qué tal? Te veo muy concentrada.

–¡Oh! Sólo recordaba unas cosas. Por cierto, no me habías dicho que eras tan popular.

–¿Por qué lo dices?

–Durante uno de los recreos se me acercaron unas compañeras prohibiéndome poner un ojo encima de ti, porque ya tenías una admiradora, o varias mejor dicho.

Gonzalo rió. –esa molestosa de Carla, hace años que me sigue. Es bonita, pero no es mi estilo–luego añadió–¿Y te asombra que sea popular? ¿Tan feo soy?

Lo miré por un momento. Me di cuenta que realmente era bastante lindo, tenía unos ojos muy risueños, oscuros, casi negros, con abundantes pestañas, y un rostro bien cuadrado, muy masculino para su edad. No pude evitar ponerme roja, por lo que decidí mirar hacia adelante.

–Pues…

No alcancé a responder más, ya que en ese minuto sentimos el silbato del profesor, indicando que debíamos regresar al colegio.

Gonzalo sonrió y se alejó gritándole cosas a otro compañero.

Hice la nota mental de no mirar mucho a Gonzalo, ya había pasado una vez que me había gustado uno de los más populares de mi anterior curso, y muy mal lo pasé . 

De todos modos, ayudaba el hecho de que no me sentía con ánimo de intentar ningún tipo de relación cercana. Si bien mi psicólogo me había dicho, en la última sesión antes de decidir que no quería seguir yendo, que sería sano entablar nuevas amistades, era una tarea que me costaba realizar, y para la que no me sentía con fuerzas. Aún no me sentía preparada para perder algo, si me involucraba con alguien, podía salir herida, no soportaría ningún tipo de pérdida, aunque sea pequeña.

Sacudí mi cabeza y decidí dejar de pensar en ese tema, preocupándome de adivinar qué cosa rica nos tendría la abuela ese día, mientras caminaba junto a mis  compañeros de vuelta al colegio.

Foto de Jeremy Thomas en Unsplash

Comentarios recientes
  1. Pero que buena historia!! Habría hecho los mismo!!

  2. También podría haber sido eso ajajajaj

  3. Yo pensé que el olor a quemado era alguien tostando pan 👀… 🐈

  4. Lo subiré!! Hoy mismo!! Ahí vas a cachar quién lo mandó

  5. Esperando capítulo 3… quien mandó el mensaje?

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