Y preocupado, se asomó a la escalera en pijamas, cautelosamente y empuñando su revólver. Esos ruidos provenientes del salón tenían que ser de un ladrón.. ¡Oh, valiosos jarrones! ¡Y tamaño espejo traído de la India! No… ¡no se llevará nada más que una bala en su intestino! – se dijo.
Cuando había pisado el quinto escalón durante su descenso, se detuvo con la lámpara frente a sus ojos. El fulgor de la luz incandescente le traía recuerdos de su vida, cúlmine y llena de experiencias. Se asomó el recuerdo de su viaje a Francia, de donde se trajo tres lámparas, de las cuales la tercera, aquella que casi se la había llevado esa imprudente señora con la que casi tropieza a la salida si no fuera porque ella olvidó su monedero. Cuando ella regresó de su hogar con el dinero, el señor García ya se había llevado la colección completa.
Bajó cinco peldaños más y luego de torcer a la izquierda nuevamente, quedó bajo el alero con el cuadro que trajo de Nueva York. Ah si, ese cuadro. Antes de tomar el barco de regreso, la señorita le había seguido ya todo el puerto con tres cuadros bajo el brazo, casi suplicando la venta. El señor García, intentando ignorarla, a sabiendas que había perdido la pelea, le ofrece el justo trato de obtener un descuento por las tres ilustres obras a cambio de un poco de paz previo al viaje, a lo que la joven asintió sin más detalles a cambio. Cada una de las obras estaba impecablemente retratadas, pero el señor García sabía que no tenía más manos para llevar la colección completa, así que de los tres cuadros, le ofreció dos de ellos a unos veteranos que se encontraban paseando por el lado del dique, y el se quedó con “La Noche”, su período de tiempo favorito en el que las ideas fluían con mayor facilidad para la escritura.
Siguiendo su descenso, y habiéndose ensordecido cualquier ruido proveniente de su salón, continuó hasta llegar al primer piso, en donde luego de una rápida inspección a tientas en la oscuridad, confirmó su sospecha de que alguien se encontraba en el salón al ver un rápido destello escabullirse en aquella habitación.
Y entrando al salón a oscuras, sintió una bala rozar su piel. El cálido aire se disipó en su cara y el aroma a pólvora cruzó su olfato en fracción de tiempo. Pudo haber sido medio segundo o diez minutos, ya había perdido el sentido del tiempo.
Cuando reaccionó, devolvió el disparo y sintió un cuerpo cayendo. Sólo se oían dos respiraciones jadeantes, casi sincronizadas. Tanteando en la oscuridad, fue a dar al espejo.
¡Oh si! Aquél vidrio finamente decorado traído desde aquella extraña tienda en la India. Un hombre alto, con facciones muy delgadas, y tatuajes prominentes en toda su piel, lo había convencido de llevarse tamaña estructura, la cual tuvo que pagar mucho dinero adicional al embarcar. Pero el señor García no se limitaba a esos detalles, sin embargo, el espejo le traía un lóbrego aire durante la noche, mientras descansaba en su camarote, que asoció simplemente al vaivén del navío ante el oleaje del gran Atlántico.
Y seguro, siempre que llegaba la noche, se encerraba en su estudio en la segunda planta a escribir y tomar notas que deseaba publicar antes de su deceso, con tanto ímpetu que nunca hasta ese día había percibido que el espejo, esta noche, emitía unos interesantes destellos multicolor.
Al acercarse al espejo, y notar su tenue pero llamativo juego de colores que García nunca había visto antes, se dio vuelta ante un ahogado ruido proveniente del suelo como sie fuera una voz diciéndole algo… “¡Aléjate! ¡Estás m…!”, y antes de oír el final de la frase, le dió la espalda al espejo apuntando su arma, pero antes de poder jalar el gatillo, y en vez de apoyarse en el cálido vidrio, pasó de largo, cayendo al otro lado.
Todo era oscuridad, y caminó erráticamente entre objetos que le eran familiares.
En eso, sintió pasos a su lado, y ante el antecedente que le ardía en su hombro, rápidamente le disparó sin pensarlo a una figura humana moviéndose cerca. Cuando se dio cuenta que había fallado, sintió un dolor agudo en sus entrañas: ahora llevaba un pequeño dispositivo de plomo cuya alma contenía una cuenta atrás: el cronómetro de la vida, que terminaba abruptamente en el señor García.
Cuando cayó al suelo, alguien tanteaba las paredes de la habitación, y antes de expirar, García pudo darse cuenta lo que ocurría: la figura, aterrorizada tanto como el mismo, se acercaba al espejo, que brillaba con el mismo fulgor de antes.
García entonces le gritó, en un último soplo de vida:
– ¡Aléjate! ¡Estás maldito!
Pero la figura caía a través de él, desapareciendo por completo junto a la vida del señor García.
Pero que buena historia!! Habría hecho los mismo!!
También podría haber sido eso ajajajaj
Yo pensé que el olor a quemado era alguien tostando pan 👀… 🐈
👤 👀
Lo subiré!! Hoy mismo!! Ahí vas a cachar quién lo mandó
Esperando capítulo 3… quien mandó el mensaje?
Gssh!!!
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