La semana transcurrió con relativa calma. Me siguieron llegando algunos mensajes, pero traté de seguir el consejo de Damián y no los tomé mucho en cuenta.
Convencí a Gonzalo de buscar una cancha más cerca de nuestra casa para que Rafa pudiera ir sin mí, con la excusa de que podía motivarse más si el lugar de entrenamiento era más cercano y yendo solo podía desarrollar más su sentido de independencia y responsabilidad. Le hice prometer que no le diría ninguna de estas cosas a mi hermano, ya que podía herir susceptibilidades.
¡Dios! No sabía cuándo me había vuelto tan buena para mentir.
Como Rafa salió solo a su entrenamiento, pude dormir hasta tarde. Aproveche en la tarde de ordenar mi pieza y repasar algunas cosas del colegio.
Cuando ya se acercó la hora de que los chicos pasaran a buscarme para la fiesta, decidí darme un baño rápido y prepararme. Reconozco que estaba un poco nerviosa, no es que quisiera impresionar a alguien, pero tengo el suficiente amor propio como para querer lucir linda. Mamá me vió complicada frente al espejo, por lo que decidió acudir en mi rescate.
Finalmente opté por algo sencillo, al fin y al cabo no era una fiesta de disfraces: unos jeans negros ajustados, una polera del mismo tono con algunos brillos, mis botines favoritos, unos aros largos y un poco de brillo.
–¡Qué grande estás, hijita! ¡Serás la más linda de la fiesta!
–¡Ay mamá, no exageres! Lo dices porque soy tu hija.
–¿Y por qué no podrías serlo? Veremos cómo reaccionan tus amigos cuando te vean, recuerda que quedaste en presentármelos.
–¡Lo sé! Pero por favor mamá, no comentes nada que pueda avergonzarme ¿si?
Cuando sonó el timbre, mamá no dejó que fuera a abrir la puerta, dijo que quería mantener un poco de suspenso, por lo que fue la abuela, que estaba cerca.
Saludó a los chicos, preguntando a Damián por su abuela y los hizo pasar.
Entraron al living, me puse de pie y los saludé con una sonrisa tímida.
–Hola chicos, les presento a mi mamá.
Ambos me quedaron mirando con cara de incredulidad. Damián fue el primero en reaccionar y le pegó un codazo a Gonzalo, que estaba con la boca un poco abierta.
–Un gusto señora, soy Damián, esta estatua de aquí es Gonzalo.
Mamá se acercó a ambos y los saludó con un beso en la mejilla.
–¡Qué bueno conocerlos! Siempre son bienvenidos los amigos de mi hija, pero por favor, no me digan señora, me llamo Verónica ¿A qué hora traerán a mi pequeña a sus aposentos?
–¿No habría problema en que la trajeramos en la mañana, a las 08 aproximadamente? Toño no vive tan cerca y es preferible volver a una hora segura.
–Está bien, pero debe volver sana y salva.
–¡Mamá, yo sé cuidarme!–estaba roja, mamá siempre tendía a tratarme como una niña.
–Lo sé, amor. Pero no está de más dejarle en claro a tus amigos que deben cuidarte también–y dándome un beso–. Bien, vayan ya, y pasenla bien.
Pese a que la casa de Toño no estaba cerca, el camino se me hizo corto. Nos fuimos acordando de una anécdota que ocurrió durante la semana, y era imposible no llorar de la risa.
Cuando llegamos a la casa, fue el mismo Toño el que nos abrió la puerta.
–¡Guau, Laura! ¡Qué linda te ves! Adelante, están en su casa.
–¿Y para nosotros ninguna palabra?–dijo Damián.
–Siguen igual de feos ¿quieres que les diga eso?
–¡Oye, me esmeré en este look!
No pude evitar soltar una carcajada.
Ya habían varias personas, algunos compañeros de nuestro curso y de los otros cursos, y personas que no conocía. El ambiente estaba bastante animado, la música estaba lo suficientemente fuerte como para escuchar a los que estaban al lado.
Tenía sed, por lo que decidí ir a la mesa de los bebestibles. Saludé a algunos compañeros que estaban cerca, me serví una bebida y tomé un par de cervezas para llevarle a los chicos.
La música se puso más animada y algunos improvisaron una pista de baile.
Mientras pasaba por el lado, concentrada en no botar mi bebida ni las cervezas, sentí una voz casi al lado de mi oreja:
–¿Quieres ir a bailar?–al girarme vi a un chico que no conocía, mirándome fijamente.
–N-no, gracias, soy demasiado tiesa para eso.
–¡Oh, vamos! ¿No puedes hacer un esfuerzo y complacerme?– La distancia era cada vez menor, y yo ya no tenía espacio para escabullirme. Sentí su aliento alcohólico en mi cara, mientras su mano se posó en mi cintura, bajando lentamente.
–¿Quién va a querer hacer un esfuerzo por ti?– Derrepente apareció Gonzalo, pasando un brazo sobre mi hombro y empujándolo.
–¡Gonzalo! ¡Lo siento! No sabía que ella andaba contigo.
–Mientras no le pongas las manos encima, está perdonado. Ella es Laura, está hace un tiempo en nuestro curso.
Lentamente, mientras conversaba con Eduardo, Gonzalo me fue soltando y empujando hacia un lado. Cuando ya estuve completamente libre, pude escabullirme hacia un rincón, sin antes gesticularle un gracias a Gonzalo por sacarme a ese baboso de encima, mientras él me guiñaba un ojo.
En una esquina estaba Damian. Le pasé su cerveza y me senté a su lado.
–¡Qué ermitaño!–le dije.
–¿Y tú?
–Bue-bueno, estoy escapando de un acosador ¡es un gran motivo para aislarse!
–¡¿Qué?! ¿Quién te estaba acosando? ¿Te hicieron daño?—Me miró preocupado.
–¡Noo!–me reí algo nerviosas–era un sujeto llamado Eduardo creo, que me invitó a bailar, y terminó siendo algo insistente. Demasiado. Pero Gonzalo lo distrajo y pude escabullirme hacia este rincón aislado de la sociedad.
–¡Agh! Eduardo, ese tipejo desagradable ¡no sé cómo Gonzalo lo tolera, es un engreído! Bueno, sí sé, él tiene esa habilidad de llevarse bien con todos y caer bien… no como yo…
–¡Oh vamos Damian! La mayoría de los mortales no le caemos bien a todos.
–Si lo sé, pero que te lo hagan sentir todos los días es para pensar que le caes mal a una gran mayoría.
Sus ojos se veían muy tristes, y su voz se escuchó casi como un susurro al final.
–¡Oh, lo siento! ¿Te pasó algo?
De pronto Damián soltó una gran carcajada
–¡De verdad te lo creíste! ¡Oh, esto es grandioso! Supongo que si te puedo engañar a ti, puedo engañar a la profesora de música.
Sentí una gran rabia, no sé por qué, quizás porque sentí su angustia y me había identificado con ese sentimiento.
–¡Imbécil, no juegues con esas cosas!–me paré rápidamente. Creo haber escuchado a Damián diciéndome que esperara mientras me alejaba, pero no quise hacer caso y salí al patio a tomar aire.
Afuera habían algunos fumando y unas cuantas parejas acarameladas.
–No sé para que vine a esta fiesta–murmuré.
–Definitivamente no deberías haber venido–. Aparecieron a mi lado Javiera y Natalia. Un poco más atrás estaban Carla y Lucía.
Javiera se puso frente a mi.
–Escucha bien, Laura. Carla se esforzó el triple para lucir hermosa y llamar la atención de Gonzalo. Tú no serás un obstáculo en esto.
–Si crees que estoy aquí para obstaculizar los intentos de Carla por llamar la atención, estás muy equivocada–no me dejaría amedrentar, me molestaba su afán de creer que pueden controlar al resto a su antojo–. Lamentablemente si a Gonzalo no le gusta, por más que trate de que él se fije en ella, no lo logrará.
No alcancé a percatarme de la cachetada que impactó mi mejilla. Inmediatamente sentí calor en el lado izquierdo de mi rostro, y un pequeño ardor comenzó a aparecer, haciéndose más intenso ¡Bravo Javiera! He descubierto que sabes dar buenas cachetadas.
–¿Cuál es tu problema? En ningún momento he hecho nada para ganarme ese odio.
–¡Si que lo has hecho! Andas pegada como una lapa a Gonzalo. Eres una recién llegada ¿quieres ganarte la atención de todos los hombres del curso?
–¡Ey, Javiera, tranquila! No creo que sea para tanto–Lucía tomó del brazo a Javiera, tratando de apaciguar las cosas.
–¡Suéltame Lucía!–Javiera parecía un energúmeno–¡Más te vale no intentar algo que ponga triste a mi amiga! ¿Entendiste?–puso un dedo sobre mi pecho, amenazante–. Eres una mojigata, yo conozco bien a ese tipo de zorritas, se hacen las inocentes, pero quieren todo para ellas, y se valen de cualquier cosa.
No pude soportarlo más. Las lágrimas comenzaron a acumularse en mis ojos, cayendo finalmente por mis mejillas. Cuál es el afán de la gente de juzgar sin conocer de verdad al resto. Por qué siempre piensan lo peor ¿acaso soy una mala persona?
Javiera me miró anonadada.
–Creo que esta vez te pasaste un poco, Javiera, vámonos mejor–y tomándola del brazo, se la llevó Natalia, siguiéndolas Carla. Lucía se quedó atrás, y pasandome un pañuelo dijo:
–Siento que Javiera te haya hecho llorar, habitualmente no es tan malvada como parece. Es la presidenta del centro de alumnos, y con todo lo que implica estar en el último año de colegio, ha estado más estresada de lo habitual. Es buena amiga y se preocupa de que estemos bien… quizás se pasa de la raya, pero no creo que sea con mala intención.
No dije nada, no tenía ganas de hablar más. Pero alguien así de agresivo no me parecía que hiciera las cosas sin mala intención
–Bueno, espero te puedas sentir mejor, regresaré adentro, pero si crees que puedes hablar, no dudes en contar conmigo.
Y así quedé sola. Empezó a llover, así que la mayoría de las personas se entró. No quise moverme, era como si el cielo llorara conmigo, me hacía sentir acompañada.
–¡Laura, aquí estás! Damián me dijo que hace un rato te habías escapado hacía el patio. El muy idiota…–derrepente me miró y tomó mi cara–¿Qué te pasó, tienes toda una mejilla roja? Y tus ojos… Laura ¿estás bien?
–No es nada, tuve un pequeño percance–traté de ocultar mi rostro mirando hacia el lado.
–Los pequeños percances no dejan la cara así, ni te hacen llorar, no me digas que… me crucé con Carla y Javiera cuando venía para acá ¿te hicieron mucho daño?–se cubrió la cara con la manos, como conteniendo algo–¡Dios! Ya me tienen harto con esa actitud de pandilla ¡iré inmediatamente a aclarar esto!
Gonzalo ya partía hacia adentro, cuando lo agarré de su poleron.
–Gonzalo, no, por favor. Ya he tenido suficiente por hoy, quiero irme a casa.
–Está bien, deja ir a buscar mi chaqueta y nos vamos.
–¡No!–me miró sorprendido.
–No quiero arruinarte la fiesta. Pediré un taxi. Me basta con que me acompañes afuera mientras espero a que llegue.
–¿Estás segura?–asentí–bueno, por esta vez dejaré que te vayas, pero debes avisar cuando llegues. No sabría qué hacer si te pasa algo por dejarte sola.
Y me abrazó. Mi cara, que estaba media roja, se terminó de poner roja por completo. Aún así, pese a la vergüenza, sentí muy reconfortante ese abrazo. No sé cuántos minutos estuvimos así, me sentía segura, pero de pronto sentí muy cerca de mi cuello la respiración de Gonzalo.
–¡Qué bien hueles!.
En ese momento la vergüenza superó por completo la sensación de seguridad y me separé inmediatamente de él. Sin saber bien qué hacer, empecé a mirar hacia abajo.
–¡Lo siento, lo siento! ¿Hice algo que te incomodó?–dijo Gonzalo
–No, no, no es eso. Pero creo que debo irme ya.
–Está bien, vamos a buscar tus cosas.
El taxi demoró poco en llegar. El viaje se hizo eterno, pero llegué sana y salva a casa. Entré silenciosamente a casa, no quería que mamá me escuchara y se enterara de que me vine sola, aún le da miedo que ande tan tarde, y más si no ando acompañada.
Al fin pude acostarme, pero el sueño demoró demasiado en llegar. Definitivamente eran demasiadas las emociones que había sentido en esa fiesta como para sosegar mi mente fácilmente.
¡Rayos! No puedo asistir a un colegio sin sentirme abrumada por algo… o por alguien…
Foto de Marvin Meyer en unsplash
Pero que buena historia!! Habría hecho los mismo!!
También podría haber sido eso ajajajaj
Yo pensé que el olor a quemado era alguien tostando pan 👀… 🐈
👤 👀
Lo subiré!! Hoy mismo!! Ahí vas a cachar quién lo mandó
Esperando capítulo 3… quien mandó el mensaje?
Gssh!!!
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