Extremo Austral

– Me carga salir el sábado!

Luego de tal grito, agarre mi almohada, la abracé con fuerza y me di vuelta hacia la ventana, intentando dormir nuevamente.

Una hora después llevaba la misma almohada en el asiento trasero del amplio Toyota Corolla, tipo station Wagon, con una rabia inmensa de haber abandonado mi cama a las 5 de la mañana a experimentar el frío madrugador. Como vivimos en Punta Arenas, son comprensibles las puntadas gélidas fortificadas por las sombrías extensiones sin límite de la noche, que perduraba gran parte del día.

Lamentable para mí – y no para mis padres que adoraban la vista de la carretera austral, con sus interminables campos desérticos escasamente salpicados de vegetación-, esta travesía se repetía religiosamente cada mes, llueva, truene, esté nevando o con ventarrones (y no rara vez todo lo anterior junto) para visitar a los Gonzáles, para compartir un cordero, tragos y risas, en medio de la nada.

Y era así: los Gonzáles eran propietarios de una de las tantas parcelas aledañas a raros núcleos urbanos. En realidad, y a mis recién cumplidos trece años, yo no podía comprender dónde terminaba cada población. Para mí era sólo eso: Punta Arenas. Amigos, monos de nieve, días largos en verano y noches eternas en invierno.

Eran las seis y treinta, y entre el movimiento del vehículo exagerado con las piedrecillas del camino, y el sonido de algunas de ellas rebotando contra el vidrio cuando otro vehículo pasaba en sentido contrario (recién cinco o más años después vine a entender el porqué mi padre colocaba su mano sobre el vidrio, en un afán de evitar que se rompa) me resigné a apretarme la almohada contra mis oídos y me senté.

Asomando mi cabeza por la ventana pude apreciar entonces el espectáculo más impresionante y a la vez monótono de todo el camino. Cerros de tierra, pasto entre piedras como estrellas en el inmeso firmamento obscuro de la noche. Mientras, sonaba un cassette grabado de la radio, con comentarios de locutor y todo, que cuando terminaba mi madre daba vuelta una y otra vez. Cuando por fin se dió por vencida de cantar a las Pandoras, buscando en la guantera encontró una vieja grabación de Locomía. (Ahora me explico porqué me las sé de memoria).

Pero en el horizonte no se veía ni por curioso el sol, sólo un resplandor rojizo que aumentaba y teñía bellamente el cielo.

Y es entonces cuando pienso que el cielo magallánico es como las ruinas de una vieja cultura maya, escondida bajo tierra. Sólo quien tiene la oportunidad de verlo puede mantener ese recuerdo único en la retina, casi como si estuviera allí. Casi es imposible describir tal espectáculo de la naturaleza, que al ritmo de la Rumba Samba Mambo puede mantener eternamente ocupado el pensamiento inhóspito de tres almas que viajaban en la carretera austral, preocupados sólo de apreciar el show gratuito que ese paisaje nos tenía preparado. Además de una carne de cordero de sabor único.


Esta historia fué publicada originalmente el sábado, 20 de marzo de 2010

Foto de Alvaro Araoz en Unsplash

Sobre el autor de esta sección

En un arranque de admiración a la dueña de este sitio
y habiendo recordado sobre palabras que en un blog antiguo quedaron
el  Felino, observando la fría calle desde el ripio
quiso compartir lo que algún día pensamientos reventaron

y no, no quiere llevarse el protagonismo
pues tuvo que pedir permiso
para compartir sin dañar ningún mecanismo
en este maravillos sitio sólo lo preciso.

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