Y Julián, estudiante Universitario, no podía conciliar el sueño.
Eran ya las cinco de la mañana, y aunque intentaba una y otra vez cerrar las pestañas, no lo podía lograr.
En su escritorio tenía una vela encendida, de estas aromáticas, que intentaba olisquear pero el humo entraba incómodamente en sus fosas nasales, así que terminaba apartándola a la mesita de noche que tenía ubicada al lado de su cama. En realidad, cumplía la función de velador, y no porque no tuviese uno, si no porque la mesita le gustaba mucho.
Dejó a un lado sus cuadernos de estudios, cerró los innumerables documentos PDF que había leído y releído una y otra vez en su portátil y tomó su cuaderno de historias, que el usaba para escribir y liberar su mente de las letras y números que tenían a tope a sus neuronas.
Se preparó una infusión de hierbas, y entonces, comenzó a escribir.
Imaginó a una gran caravana de payasos recorriendo las calles de su antigua ciudad.
Muchos de ellos, con serpentinas daban volteretas, sonreían y jugaban con el público que los admiraba. En realidad, todos sonreían. – Me imagino – se decía Julián-, sin preocupaciones todos sólo podían ser así de felices, mientras sorbía su infusión, ya más relajado.
Otros, tocaban flautas y otros instrumentos al compás de la música que sonaba desde un gran carro alegórico con una orquesta en su interior. Por supuesto, todos vestidos de payasos.
Habían niños. Muchos niños, comiendo algodones de azúcar y manzanas confitadas. Uno de ellos perdió su diente mientras daba un gran mordisco de forma imprudente. – Tranquilo- le decía su madre de nariz roja y pelo morado-, es sólo un diente de leche, ya pronto te saldrá otro.
Otro niño, más pequeño, le lanzaba palomitas de maíz a uno de los payasos, mientras éste esperaba que la caravana avanzara. Con tanto carro circulando y gente haciendo payasadas, el tráfico estaba muy enlentecido. El payaso, que ya había recibido una palomita en su ojo izquierdo, se volteó, y le hizo sonar una corneta en la cara del niño, que corrió asustado a la falda de su madre, que conversaba con su vecina sobre recetas de cocina.
– Recetas de galletas, seguramente. – se dijo Julián, con un ojo entreabierto.
Mientras imaginaba, escribía sobre lo que allí ocurría, y se puso a pensar descontroladamente: – le llamaré a esta ciudad, la Ciudad de la Alegría.
Entonces, pensó en todo lo que podría suceder en la Ciudad: los adornos de las casas, volantes anunciando las próximas funciones de los circos cercanos y los interminables programas de las caravanas de payasos que recorrían la ciudad. Cada una proveniente de un club de payasos distinto.
Pero Julián pensó que quizás muchos payasos al fin y al cabo terminarían aburriendo a cualquiera.
Así que pensó en magos, haciendo sus travesuras en carpas y tiendas, distribuidas en varios puntos. Vendían sus artilugios y ofrecían sus llamaradas de colores a los transeúntes.
Y desfiles de niños disfrazados. Ellos participaban en grupos organizados de disfraces, y se llamarían “Compañías nacionales de Disfrazados”. Cada mes debían elegir una temática distinta para presentar a la ciudad.
También la “Asociación de Algodoneros de Azúcar”, que probaban con miles de sabores distintos (este era el mes del algodón de azúcar sabor a tomate).
En ese momento, Julián pensó que su ciudad debía obtener sus provisiones, pues sin ellas no habrían tomates, ni algodones de azúcar. Pensó que sería divertido imaginar cómo funcionarían los servicios básicos en una ciudad en donde todo es payaso, azúcar y cornetas sonando.
Sus tiendas, tenían entradas gigantescas, con caras de payaso, todo muy alegre por supuesto. El Alcalde, don Javier Mucharrisa, tenía un arduo trabajo asegurándose que la alegría brotara por todos lados, en las fuentes de agua, en las cañerías, en cada uno de sus poblados. Y porqué no decirlo: su fiel secretaria, Mirchis Tosa le preparaba cada día su agenda, pues Javier era muy distraído.
Diseñó entonces el Palacio Risotada, desde donde las principales autoridades hacían crecer a su querida Ciudad.
Julián, que había interrumpido hace un buen rato la escritura, sólo se dedicaba a imaginar. Fue cayendo poco a poco en un letargo, hasta …
¡Julián estaba en la Ciudad de la Alegría!
No lo pudo creer. Se miró en un vitral de la famosísima Clínica Dental la Risa Eterna (en donde le perfeccionamos su risa), y se dio cuenta que llevaba un traje de payaso blanco con rayas celestes.
Todos los peatones circulaban en sus propios asuntos, con corbatines, serpentinas y sus sonrisas. ¡Un momento! ¡Todo el mundo sonreía! – Estoy en el mundo ideal- pensó.
Recorrió la calzada, cruzó la esquina de Buen Humor con Chiste Errázuriz, mirando las tiendas y los puestos de narices. Los vehículos eran pequeños y divertidos, con colores vistosos, aunque muchos preferían los monociclos para transportarse.
Y claro: notó que todo el mundo sonreía.
Unos gritos le llamaron la atención: provenían de la otra vereda, en la tienda de regalos “Cajas Sorpresas” (lleve dos y le regalamos un chiste). Un tipo, con una peluca gris, dos mechas que apuntaban al cielo, gordo y con traje elegante (de payaso) sonreía con tal forma que podía alcanzar sus orejas con la comisura de sus labios: supuse de inmediato que era el jefe de la tienda. Al frente de él, un tipo triste, vestido de verde y una peluca amarilla, se tomaba la cabeza.
– Esta vez ya has ido demasiado lejos. Si no sabes sonreír, no perteneces aquí. Pues, ¡Estás despedido!
El ahora ex empleado, pateando la puerta, se retiraba del local, regañando seguramente por un sueldo mal pagado.
Entonces, Julián comenzó a darse cuenta de un detalle. La gente, discutía en varios puntos la infinidad de problemas que traía la falta de servicios no relacionados con la mantención de la felicidad.
Miró a un lado: Academia de Chistes. En el otro: Tienda de Malabares. Al lado: Artículos para Fiestas. Y entre medio, vagabundos, desempleados, todos sonrientes, vestidos de harapos y pelucas apelmazadas. En la esquina, un empleado recibía su primer sueldo en un gran sobre blanco: cincuenta y dos chistes escritos en papel. El único banco que había era la Reserva Nacional de Chistes, con dos colas de acuerdo si el chiste era corto o largo.
– ¡Ya me lo quitaron todo! – decía un fulano. – Como ya no tengo ánimo de contar chistes, me embargaron todo. ¡Me dijeron que tenía que pagar una multa de doscientos chistes si quería recuperar mis cosas, antes que termine esta semana! Estoy arruinado…
No dio más, y se largó en un incontenible llanto.
Como si de un alienígena se tratara, la gente se detuvo a mirarlo, como si hubiese cometido la peor infamia. Llegó un vehículo rosado, del que salieron dos sonrientes payasos con globos largos de color rojo. Esposaron al individuo con dos anillos de goma amarillos con una cerradura grosera, en el que metieron una llave y después reventaron con una aguja. Lo metieron al vehículo y se fueron, no sin antes advertirme (ante mi cara de espanto): – y si no sonríes, tu serás el próximo.
Y sonó una sirena, muy particular, como una alarma de reloj. La misma que tenía Julián sobre su mesita de noche…
Y despertó, apagó la alarma, y se dispuso a ir a bañarse, pues pronto comenzaba nuevamente una jornada de estudios.
Antes de ir al baño, Julián miró sus escritos que habían caído al suelo, y los tomó para luego eliminarlos en el basurero. Y mientras caminaba con su toalla de payasos, se dijo:
– Aún prefiero mi vida tal y como es, porque los problemas que tengo al menos los conozco de antes.
Publicado originalmente el viernes, 1 de julio de 2009, por El Felino.Foto de Fern M. Lomibao en Unsplash
Publicado originalmente el viernes, 1 de julio de 2009, por El Felino.
Foto de Fern M. Lomibao en Unsplash
En un arranque de admiración a la dueña de este sitioy habiendo recordado sobre palabras que en un blog antiguo quedaron el Felino, observando la fría calle desde el ripioquiso compartir lo que algún día pensamientos reventaron y no, no quiere llevarse el protagonismopues tuvo que pedir permisopara compartir sin dañar ningún mecanismoen este maravillos sitio sólo lo preciso.
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