La Teoría del Trianión

Cuando el Capitán de Nave a cargo, de la quinta unidad de exploración dio aquella orden, sabíamos que lo único que restaba era acatarla. De cierto modo, sus 25 años de experiencia no eran tantos; de hecho era el capitán más joven de la flota. Todo indicaba que llegaríamos antes del almuerzo a casa, sin embargo, algo me decía que sería más dificil de lo que suele ser.

Salí entonces de mi camarote, aseguré la habitación y me dirigí a la sala de recepción.

– Buenos días, señor.

Quince pasos más adelante, me di cuenta que la verdad estaba cerca. Todo dependía de la rudeza, experiencia y la habilidad del capitán, y de ello dependía el éxito o fracaso de nuestro acometido. Cada paso que daba era un pelo más de punta. ¿Será capaz de dirigirnos a casa a salvo? ¿Logrará…

– Señor, el segundo de abordo me ha dicho que lo necesita en el puente.

Como en toda nave las distancias son exuberantemente grandes, pensé en tomar el elevador directo al puente de mando, pero por alguna razón oculta, quise tomarme mi tiempo.

¿Que sucedía entonces? ¿Porqué a estas alturas tenía dudas con respecto a quienes nos dirigían a casa?

Una voz por radio se oía a lo lejos:
– Nos informan de meteorología que las condiciones para entrar a la atmósfera son inadecuadas, tomen medidas precautorias para posible colisión. Regresen a sus puestos. Aseguren posiciones. Puertas de carga cerradas. El capitán está evaluando la reentrada. Se necesita a…

Un montón de caras sorprendidas camino al puente. Estupefactas, dubitativas, temerosas. Todos sabíamos que la situación se complicaba. Todos sabíamos que nuestras vidas dependían de una sola decisión, que a pesar de todo ya estaba tomada.

Le mencioné a un guardia:
-¿Crees que esto resulte?

Su cara se empobreció de semblante aún más, y su rol de guardia había traspasado ya la última cubierta de abajo, derritiéndose por medio del ducto de ventilación.

Me dirigí al puente de mando, con gran tranquilidad. Temí cierto reproche por llegar en tal estado, pero de todas formas no quise demostrar ningún exceso de confianza. Sabía que una actitud vacilante no podía ser parte de ningún tripulante de nuestra nave.

Me dirigía al lugar donde la decisión se había tomado… quien decidía (o decidió en realidad) nuestra fortuna. Pues en ese entonces quise enfrentarlo, quise mirar de frente al Capitán.

– Buenos días señor, este es el informe de estado que me pidió por la tarde.
– Gracias, Sullivan.

Con gran actitud, pero con cierto grado de desesperanza, subí escalón por escalón, hasta llegar a la Plataforma de Gobierno de la nave. Ahí se encontraba el timonel, que se mantenía exactamente en la misma posición desde la última vez que lo vi.

Y ahí estaba él.

Frente a mi, mirándome fijamente, y con un aspecto fornido, mirada decisiva, corazón duro. Duro en ese momento, porque toda la tripulación dependía de él; al frente de la nave, en la cabeza del aparato, al frente de su gente, realizando una actividad para la que no había nacido, sino hecho. Formado. Creado.

Dirigir.

El Segundo a bordo realiza la misma pregunta, por quinta vez.
– Capitán, ¿entramos a la atmósfera?

Y el silencio otorga, pero nunca internaliza la decisión. Es como una despedida: la resignación no puede ser la prueba de que se desee ese adiós.

Sin embargo, no hubo negación alguna. El capitán, mirada firme, me indicaba que ya era tarde para arrepentirse.

– ¡Defensa, comandante; active campo de protección!
– ¡Comandante, defensa; el sistema de protección está dañado severamente; no soportará la entrada a la atmósfera!
– ¡Defensa, comandante; proceda sin condición!

Y llegó la hora de la verdad.

Y la desesperanza gobernó la mente de cada tripulante. Cada gota de adrenalina se encontraba en su máxima concentración en cada sistema circulatorio. La temperatura comenzó a subir, la inestabilidad de la nave se traspasaba a cada músculo.

Y no lo soportó.

Su lucha mental era interna, pues la estructura del navío cedía, pero no colapsaba, ni iba a hacerlo.

Sonaban los metales, se resquebrajaban los aislantes. Pero lo que se derrumbaba era la confianza.

Sentía el peso de la responsabilidad joven, del formar parte de cada persona al interior de la nave.
Y así, cinco minutos de martirio. Cinco minutos de pelea consigo mismo. De deseo de aceptar que la determinación que se había tomado era sólo suya. El capitán se mostraba sereno por fuera, pero intranquilo por dentro. Y yo lo vi todo. Lo supe por su mirada, sus gestos, el sudor de sus manos.

-Capitán, Gobierno: Sistema de estabilización activado, eliminando gravedad interna.

Y lentamente la nave recuperaba su posición hacia el horizonte. La seguridad volvía. Sólo algunos remaches perdidos probablemente, y bueno, sería necesaria otra capa de pintura.

Y miré nuevamente al inmutable capitán, aún al frente mío, sereno pero triunfante, serio y decidido. Temeroso y sudando mares.

– Capitán, Gobierno: La nave se dirige a posición 018, a 900 km/h. Hemos recuperado el control.
– Gobierno, inicie búsqueda de zona segura para detención total.
– Capitán, Gobierno, sí señor.

Y lo que se supone que iba a ser lentamente no fue y el armatoste se detuvo de pronto. Se arrastró por quince minutos o dos horas. Ya ni si quiera el tiempo tenía paciencia. Por suerte, el desierto parecía una manta de seda, acariciando el frío abdomen de la nave.

– Es la Teoría del Trianión.

El Capitán al fin daba crédito al origen a su teoría, que lo había mantenido con las tripas en la mano durante la llegada. Pues su mirada, mantenida en mi, se alegraba, me comunicaba que nuestra determinación fue la correcta. – Sabes que yo tenía la razón-, me dijo mentalmente.

Y el Capitán al fin comenzaba a aceptar su verdadero rol, su verdadera responsabilidad.

Fue entonces cuando me di vuelta para regresar a mi habitación.

– Buen trabajo, Capitán.
– Gracias.

Pero me detuve en seco, y dije:

– Sullivan… ¿Podrías quitar el espejo frente al puente de mando? Ya no lo necesitaré mas.


Publicado originalmente el viernes, 27 de junio de 2008, por El Felino.

Sobre el autor de esta sección

En un arranque de admiración a la dueña de este sitio
y habiendo recordado sobre palabras que en un blog antiguo quedaron
el  Felino, observando la fría calle desde el ripio
quiso compartir lo que algún día pensamientos reventaron

y no, no quiere llevarse el protagonismo
pues tuvo que pedir permiso
para compartir sin dañar ningún mecanismo
en este maravillos sitio sólo lo preciso.

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